Por Romina Tumini
Hablar de una guerra tan cercana que pareciera que podemos oír las bombas o ver el humo, ya que no sucede en tierras remotas, sino a la vuelta de casa – en nuestra Europa pacífica – puede generar, lógicamente, todo un abanico de emociones negativas. Aquí vamos a referirnos a ellas y también a estrategias para gestionarlas.
El permanente bombardeo de las noticias, ese regodeo por los detalles morbosos y dramáticos, no puede menos que transmitirnos el horror de quienes se ven afectados por el conflicto, que pierden sus viviendas, sus seres queridos, su patria e incluso la vida. Y dado que en esta guerra no somos partícipes directos, solo podemos observar las consecuencias del flagelo desde el otro lado de las pantallas generando una fuerte sensación de impotencia y frustración, ya que solo queda la posibilidad de discutir sobre el tema y de especular sobre los posibles desarrollos y consecuencias del conflicto bélico.

Para quienes hemos vivido, de alguna manera u otra, la guerra, las imágenes que nos acercan los noticieros y las redes sociales pueden provocarnos un déjà vu, haciéndonos volver a sentir el miedo, la indefensión, la imposibilidad de controlar lo que sucede a nuestro alrededor y, por tanto, la imposibilidad de protegernos. Todo ello se agrava si uno ha desarrollado síntomas o un trastorno de estrés postraumático; en estos casos, ese déjà vu puede significar una retraumatización.
Esta sucede en tanto las experiencias traumatizantes vuelven a experimentarse tan vívidas como en el momento inicial; para el cuerpo y la mente consiste en la repetición directa del trauma. Habitualmente, hay un disparador que provoca esta reacción, como, por ejemplo, un ruido fuerte o explosivo, una imagen bélica, el testimonio de las víctimas, etc.
Muchas veces, estos disparadores activan otra clase de traumas que hemos vivido, aunque no tengan relación con la guerra, sino con sentimientos de falta de control, de indefensión e impotencia. Sobre todo, sucede con víctimas de traumas interpersonales, es decir, no provocados por catástrofes naturales sino que son perpetrados por otros seres humanos; no me estoy refiriendo solo a quienes desarrollaron un trastorno posterior al trauma por el que fueron diagnosticados y tratados, sino también a quienes lograron superar la situación sin terapias o incluso a aquellos que sobrellevaron en silencio el dolor y la carga de un trauma vivido y acallado (que son muchos más de los que pensamos).
Por ello, los invito a cuestionarse la necesidad imperiosa de estar al tanto, en cada momento del día, de los avances y retrocesos del conflicto bélico en todos sus horrorosos detalles, por el nivel importante de estrés psicológico que esto conlleva. Las imágenes bélicas ponen a nuestro organismo en sistema de alerta, sobre todo si logran despertar la empatía, ya que este sentimiento está ligado a la actividad de las “neuronas espejo” que producen un tipo de “holograma” dentro de nuestro cerebro, generando una cierta repetición en nuestro organismo del drama que transportan las imágenes y las noticias. Es recomendable limitar a una – o como máximo dos veces al día -, la recepción de esta clase de noticias para evitar el deterioro que genera el bombardeo permanente.
Por esta razón, los trauma-terapeutas tenemos especial cuidado en dosificar y mantener la debida distancia con las historias traumáticas de las víctimas a quienes asistimos. ¿De qué utilidad terapéutica seríamos si nos dejáramos quebrantar por el dolor del otro y la empatía desmesurada? Las personas traumatizadas necesitan saber que su terapeuta puede oír, entender y resistir el horror que han vivido, para así creer que, entonces, ellos también lograrán superarlo. Para mantener esa distancia, nos recordamos que los eventos traumáticos no nos han sucedido a nosotros mismos, sino que son vivencias de otros y aunque nos parezcan tremendas, no podemos incidir en el hecho de que han sucedido y que no está en nuestras manos modificar nada al respecto. Lo único que sí podemos hacer (y que no es poco), es acompañar a la víctima en el proceso de reconocimiento, aceptación y sanación; eso implica contemplar de la forma más realista posible la situación, nuestros recursos y nuestras posibilidades concretas de asistir a la persona, lo cual muchas veces dista de lo que desearíamos poder hacer u ofrecerle.


