Por María Luisa Quintana Garrido

El otro día venía caminando cargada de bolsas, después de hacer las compras en el supermercado, cuando me encontré con una gran cantidad de estudiantes que salían del colegio. Eran alumnos entre la quinta y la décima clase y la calle se llenó rápidamente de ellos.

Al llegar frente a un grupo de chicos, esperé unos segundos para ver si me daban lugar para seguir avanzando. Sin embargo, nadie se percató de mi presencia. Todos estaban tan concentrados en sus teléfonos móviles que parecían ajenos a lo que ocurría a su alrededor.

Foto de angga en Unsplash

Dos semanas después me tocó presenciar otra situación, esta vez en el tranvía. Un hombre viajaba sentado en un asiento doble, ocupando el lugar de al lado con una bolsa. El tranvía iba lleno. En una parada subió un hombre mayor que claramente necesitaba sentarse.

El pasajero seguía mirando su móvil sin levantar la vista. El hombre mayor le pidió que le permitiera ocupar el asiento libre, pero no obtuvo respuesta. Tuvo que tocarle el hombro y repetir la petición en voz más alta. Solo entonces el hombre reaccionó, tardando unos segundos en comprender lo que estaba sucediendo, antes de hacerse a un lado.

Quizás muchos hemos vivido escenas parecidas.

Nací en 1975, en Chile, y agradezco haber crecido en una época muy distinta. Íbamos al colegio con uniforme, nos poníamos de pie cuando entraba el profesor a la sala y saludábamos a los padres de nuestros amigos. Cuando llegaban visitas a casa, compartíamos con ellas y aprendíamos a ser amables.

Participábamos en grupos scouts donde nos animaban a realizar la buena obra del día y a prestar ayuda a quien lo necesitara. Había pocos programas infantiles en televisión y, de domingo a jueves, nos acostábamos temprano. Sin pantallas, sin redes sociales y sin notificaciones constantes. A veces leíamos un libro; otras veces simplemente contábamos ovejas hasta quedarnos dormidos.

No pretendo idealizar el pasado ni sostener que todo tiempo pasado fue mejor. Más bien, invito a reflexionar sobre aquello que, sin darnos cuenta, hemos perdido en el camino. Cada generación tiene sus desafíos y oportunidades. La tecnología, sin duda, nos ha traído enormes beneficios: nos conecta con personas que están lejos, facilita el acceso a la información y simplifica innumerables tareas de la vida cotidiana.

Foto de Maël BALLAND en Unsplash

Sin embargo, también parece haber generado una paradoja inquietante: estamos más conectados digitalmente que nunca y, al mismo tiempo, cada vez más desconectados de nuestro entorno inmediato.

Hoy es común ver personas caminando por la calle con el móvil en una mano y los audífonos en los oídos. Muchas veces ni siquiera me atrevo a interrumpirlas. Se ha creado una especie de muro invisible que dificulta el contacto humano espontáneo.

Resulta especialmente triste observar a algunos bebés mirando insistentemente a sus madres mientras ellas desplazan el cochecito con la vista fija en la pantalla. Los niños buscan miradas, gestos y expresiones. Buscan conexión.

La percepción —esa capacidad de notar lo que ocurre a nuestro alrededor—  parece estar perdiendo terreno. Cuando hablamos de falta de percepción, nos referimos a la incapacidad de registrar o procesar adecuadamente los estímulos del entorno. En términos simples, es no darse cuenta de lo que sucede frente a nuestros ojos.

Diversos investigadores describen este fenómeno como “ceguera por desatención”, una situación en la que nuestro cerebro deja de percibir elementos importantes del entorno porque toda nuestra atención está enfocada en otra tarea. No es que los ojos no vean; es que la mente no procesa.

A esto se suma el hecho de que las aplicaciones digitales están diseñadas para captar y mantener nuestra atención durante largos períodos. Muchas personas han experimentado cómo unos pocos minutos frente al teléfono terminan convirtiéndose en una hora sin darse cuenta.

Quizás por eso, en ocasiones, pareciera que nos hemos vuelto más individualistas, más retraídos y menos atentos a quienes nos rodean. No porque seamos malas personas, sino porque vivimos inmersos en un flujo constante de estímulos digitales que compiten por nuestra atención.

También nos hemos ido alejando progresivamente de la naturaleza. Pasamos más tiempo frente a pantallas que observando un árbol, escuchando el canto de los pájaros o simplemente caminando sin prisas. Y, aunque la tecnología forma parte inevitable de nuestra vida moderna, la evidencia científica demuestra que el contacto con la naturaleza reduce el estrés, fortalece el bienestar emocional y favorece una atención más plena y una mejor capacidad de concentración.

Foto de Maximalfocus en Unsplash

Un robot es una máquina programable capaz de interpretar información y ejecutar tareas de manera autónoma. Su sistema operativo toma decisiones basándose en algoritmos previamente establecidos.

Los seres humanos, en cambio, poseemos algo mucho más complejo: empatía, intuición, conciencia, sensibilidad y capacidad de conexión.

La pregunta es si estamos utilizando la tecnología como una herramienta o si, poco a poco, estamos permitiendo que ella determine la manera en que observamos el mundo.

Para finalizar, quisiera invitarlos a realizar un sencillo ejercicio de autoobservación. La próxima vez que caminen por la calle, viajen en transporte público o compartan una comida con otras personas, quizás sería pertinente que nos preguntáramos por un instante:

¿Estoy realmente presente en este momento o simplemente estoy funcionando en piloto automático?

Tal vez el problema no sea el teléfono móvil ni los avances tecnológicos. Quizás el verdadero desafío de nuestro tiempo consista en preservar aquello que nos hace profundamente humanos: la capacidad de mirar a los ojos, escuchar con atención, percibir las necesidades de los demás, tender una mano cuando hace falta y crear vínculos auténticos con quienes comparten nuestro camino.

La respuesta puede ser el primer paso para recuperar la atención, reconectar con el propio cuerpo y volver a vivir cada experiencia con mayor conciencia